EL ARTE YA NO SE SIENTE

 

El arte ya no se siente

¿SE ENTIENDE AL ARTE?

Sería un sinsentido decir que el arte ha perdido su capacidad de llegar a todo el público. Desde siempre ha sido limitado para un público específico.

La forma actual que la población tiene de acercarse a la pintura y escultura principalmente, es a través de museos, galerías o colecciones temporales que viajan a lo largo de rutas predeterminadas, mas si nos remontamos al inicio del auge en artes plásticas, nos encontraremos en el renacimiento, donde casi todas las obras eran de índole religiosa, por encargo de la iglesia misma. Es decir, no había una intención del pintor/escultor de plasmar sus ideas y crear una obra donde alguna idea suya fuera reflejada en el espacio y los lienzos.

No quiero decir que no fuera plasmado su “estilo” en la obra, pues dentro de esas etapas era posible distinguir por su estilo y técnica a los más grandes artistas, como Miguel Ángel. Pero no tenían una libertad creativa, pues el único mercado que adquiría obras era la gente con la capacidad económica para encargarlas o la iglesia. Los primeros, usualmente buscaban representaciones que dignificaran su existencia (retratos), y la iglesia tenía una finalidad educativa a través de lo pictórico para llegar a la mayoría poblacional, que era analfabeta.

Entonces, veremos que el arte, de manera antigua, aunque podía ser precioso y en él podían destacarse personajes históricos o su capacidad de transmisión intelectual-emocional, se veía limitada por un sentido utilitario. Únicamente se buscaba la representación de eventos, generar propaganda ideológica, o calcar personajes que querían ser inmortalizados.


Ver al arte en su forma pasada claramente parece distinguible de su concepción contemporánea. Es verdad que se ha modificado y no podríamos comprenderlo como lo hacíamos anteriormente, porque los recursos, el contexto sociohistórico y toda la estructura que rodea al mundo artístico ha cambiado enteramente, pero ello es una condición natural del tiempo. 

El arte se ha desarrollado y ha mutado hasta convertirse en algo diferente; sin embargo, algunas de sus características, que de hecho son aquellas inmanentes a ella por conformar su esencia, permanecen. Tal vez en el pasado se quería objetivizar el arte y enclaustrarlo en una funcionalidad social de registro o de educación ideológica, pero siempre se vio interferido por la subjetividad, técnica, y pensamiento del artista. Un ejemplo claro de ello es “La última cena”, donde algunos expertos sugieren que Da Vinci dejó pistas de su ateísmo, contrariando el encargo eclesiástico.

Hoy día, hay un gran debate social entre los inconformes anti-conceptualistas que afirman el arte se ha desprestigiado y ha ido desdibujándose en su propia esencia, y entre quienes enaltecen la mutación del mismo en cómo encuentra distintos caminos para manifestarse, más allá de las 7 consideradas bellas artes.

Tanta discusión, arrogancia y elitismo suele dejar al margen de la discusión al que mira distantemente y no se desenvuelve en un rubro artístico, aun cuando recitales, pinturas, esculturas, teatro, libros y demás son puestos a disposición del público que rodea la esfera elitista. Ello sucede en primera instancia porque un grupo específico de personas que controla el medio han limitado la comprensión de lo que es y no artístico, generando el debate interminable ya previamente mencionado. 

Se ha malentendido que el arte se comprende por tener acceso a él, pero no podría ser una aseveración más equívoca, porque ver y percibir no es lo mismo, así como presenciar una obra no es sinónimo de sentirla. No sólo se trata de notar la habilidad manual del artista, porque esa única métrica para evaluar una obra conlleva a un juicio insatisfactorio que termina por desfavorecer el verdadero sentido del arte.

“El mero contacto con obras maestras no es suficiente. Que la gente asista a museos y coleccionen libros no implica que conozcan el arte.  Ya no entendemos con los ojos” (Arnheim, R; 1997)


LOS OJOS NO SIENTEN

La capacidad visual de todos aquellos que no suelen dedicar su tiempo a la contemplación, más allá de la índole artística, sólo instrumentalizan a sus ojos, los convierten en un medio para un fin: el saber qué les rodea. Pero no los utilizan para descubrir significaciones en lo que se observa.

Uno de los más grandes errores al intentar comprender lo que se posa ante nuestro campo visual es el explicarlo enteramente a través del uso del lenguaje verbal, porque la traducción entre lenguajes, en este caso entre el visual y el oral, nunca es una copia literal que se traslada a otra forma de comprensión equitativa. La esencia misma de la traducción es sólo un intento aproximado de comprender una palabra o situación a través de la interpretación de otro lenguaje. Aquello explica el porqué en algunas lenguas hay palabras que son intraducibles, aunque comprensibles si se les interpreta. La lengua, como lo piensa el autor Rudolf Arnheim (1997), no es una avenida amplia que se dirige sin complicaciones hacia la realidad, pero sirve para nombrar lo que entendemos.

Ahora, con anterioridad, hablé de la distinción entre el ver y percibir, para lo que me basé en la distinción entre captar nuestro entorno a través de la visión o, hacerlo mediante la utilización de los sentidos y nuestra intelectualidad. Definitivamente no es lo mismo notar la existencia de algo, que comprender lo que se mira con minuciosidad.

Llevar a cabo un análisis perceptual debe ser precedido por la agudización de nuestra vista. Al ser esta manifestación un proceso de índole mental más allá de la vista, requiere de indagación psicológica que pueda explicar los procesos cognitivos, motivacionales y sensoriales, que entremezclados dan respuesta a la experiencia de comprender alguna obra.

LA PSICOLOGÍA Y LA PERCEPCIÓN

A inicios del siglo XX surgió en Alemania una corriente de enfoque psicológico llamada Gestalt, que precisamente hacia hincapié en la percepción del hombre para con su entorno.

Gran parte de los conocimientos de como percibimos (no vemos) nuestro enredador a partir de la visión, tienen sustento en la Gestalt, cuyo nombre (sin traslado literal a nuestra lengua) aproxima una traducción que se interpreta como “forma”, “configuración” o “totalidad”. Su nombre cobra sentido cuando en los postulados de la corriente, el epígrafe que puede resumirla es “el todo es más que la suma de las partes”. Es decir, si bien podemos fraccionar alguna obra de arte para comprenderla paulatinamente según los elementos que la conforman, la combinación exacta de las partes adquiere una significación global que puede incluso contradecir lo que alguna de sus partes por individual nos está exponiendo.

Por ejemplo, en la pintura “Guernica” podemos ver individualmente a personajes esbozados cubísticamente que aparentan sufrimiento, pero esa imagen separada del contexto histórico del bombardeo alemán de Guernica como antecedente de la Segunda Guerra Mundial, sería inentendible. Aun así, la pintura de Picasso no sólo es el contexto de “guerra + sufrimiento individual”, es un acto de protesta que pretendía divulgar la barbarie alemana. Efectivamente, el todo termina por ser más que sólo la suma de sus partes, lo que recuerda un poco a Gustaf Britsch, quien decía que la concepción de la realidad se va configurando de manera lógica desde esquemas perceptuales sencillos hasta configurarse en formas más complejas, dejando así a la figura del artista no sólo como una máquina de registro mecánico, sino como un constructor de esquemas significativos perceptuales aprehendidos de figuras más sencillas.

La Gestalt, en su explicación cognitiva del cómo percibe el ser humano lo que mira, vino a destruir el campo de pansubjetividad en el que se situaba a la vista, sin demeritar que cada cultura sí conforma el mundo según su particular visión. 

Sucedió con la corriente de origen alemán que los autores evidenciaron cómo distintas situaciones a las que nos enfrentamos requieren de una percepción específica, en el sentido de que nuestro carácter humano tiende a ciertos patrones de reconocimiento o de llenado de vacíos, características exentas de la interpretación individual.

El arte, más allá de la completamente subjetiva connotación que se le confiere, es algo concreto, incluso cuando nos postremos frente a un Rothko o un Pollock, incomprensibles para la mayoría. Para sentir una obra, para vivirla, no es suficiente con ir al museo y postrarse diez, quince o quinientos segundos frente a ella tratando de abstraer verdades a partir de nuestra subjetividad.

"Una figura puede mostrarse objetivamente al margen de asociaciones y fantasías que suscite”. (Arnheim, R. 1997).

CONCLUSIONES

Cuando estamos frente a una pintura necesitamos de cierto conocimiento -a pesar de que suene exclusivo intelectualmente, no lo es- respecto del artista que crea, del contexto, de los colores, formas, disposición espacial, escalas, contrastes, materiales, técnica de creación, e intento comunicativo de la obra.

Si hay un tema representado, se aprende de él todo lo que se pueda, pues nada de lo que el artista incluya puede ser desatendido. Una vez comprendido el todo, tratamos después de localizar los rasgos principales y de explorar su dominio sobre los detalles dependientes. La riqueza del todo se revela y encaraja, al percibirla correctamente comienza a ocupar las potencias de la mente con su mensaje. (Arnheim, R. 1997)

El contenido y la forma son inseparables, y pararse inerte frente a un cuadro puede dejar al espectador en la superficialidad de una forma incomprensible.

No pretendo decir que la intuición espontánea deba ser suprimida, sino aguzada a través del empleo de mecanismos perceptuales, que pueden permitir captar la significación total de lo que se postra ante nuestros ojos.

Abandonemos la mecanicidad y artificialidad del ver. Nos hace falta sentir.



REFERENCIA:

Arnheim, R. (1997). Arte y Percepción Visual. (14ª ed.). Madrid. Alianza Editorial, S.A.

Comentarios

Más visitados

La publicidad en la vida cotidiana

Museos en la CIudad de México